¡¿A dónde vamos a llegar…?!

En artículos anteriores, he citado lo preocupante que es para el baloncesto los valores que predominan actualmente en nuestra sociedad y que una vez más, pude comprobar en primera persona en el partido que jugué este sábado con mi equipo de minibasket femenino.

En primer lugar, decir que en el partido no nos estábamos jugando ni mucho menos, por ejemplo, acudir a un Campeonato de España, ya que en mi equipo, casi la mitad de jugadoras han empezado este año en esto del baloncesto y también hay dos preminis. Por lo tanto, competimos en una categoría donde el nivel no es muy alto, siendo el objetivo principal, que las jugadoras vayan adquiriendo los mejores hábitos posibles. Pues parece que los padres y las madres de las jugadoras del equipo contrario (no es que su nivel fuera mucho mayor) lo entienden de otra manera, ya que su comportamiento no pudo ser más lamentable durante todo el desarrollo del partido. Primero, no pararon de increpar a los árbitros constantemente. Habría que recordarles que los que arbitran en esta categoría son componentes de los diferentes clubes (en este caso, dos chavales bastante jóvenes) que se prestan voluntariamente con la mejor intención para que sus hijas puedan cumplir su deseo de jugar los partidos los fines de semana y lo que menos se merecen es ese trato por parte de ellos.

Después, hubo una jugada en los minutos finales del partido, en el que una jugadora de mi equipo cometió una falta personal totalmente involuntaria, pero por ser más fuerte físicamente, derribó a la jugadora contraria. Pues no me quiero ni acordar de todo lo que “soltó” por la boca en ese momento aquella gente, hasta el punto de que mi jugadora, desolada porque en ningún momento quiso hacerle daño, rompió a llorar. El asunto no quedó ahí: pedí un tiempo muerto para calmar la situación y animar a esta niña, pero me vi obligado a irme con todas las jugadoras al centro del campo a dirigirlo porque en el banquillo no me escuchaban, ya que estos padres estaban muy cercanos y sus gritos impedían cualquier otra acción.

Por suerte y pese a sus lágrimas, los ánimos de todo el equipo ayudaron para que la niña finalizara el partido. Al final, ganamos de un punto (se supone que es lo menos importante en estas categorías) pero como no podía ser de otra manera, cuando sonó la bocina del final, este grupo de padres no cesaban en su labor y continuaron dirigiéndose con muy malos modos a los árbitros. Lo más “gracioso” fue cuando al final le dije a mis jugadoras que se olvidaran de la actitud de esta gente y que saludaran a las jugadoras del equipo contrario, ya que ellas no tenían culpa de nada, y fui yo entonces el que me convertí en el centro de sus críticas. Parece ser que entendieron que yo le estaba diciendo a mis jugadoras que no saludaran a las contrarias (esta gente llevaba una hora aproximadamente “fuera de sus casillas” y cuando se está así, es fácil equivocarse en las apreciaciones…).

No sé si coincidiréis conmigo en que los padres que suelen tener esta actitud, son los primeros que luego “ponen el grito en el cielo” cuando alguien, ya sea entrenador/a, jugador/a contrario/a, etc, tienen el más mínimo gesto negativo con sus hijo/as. Es ahí cuando habría que recordarles que ellos mismos son los primeros que no los respetan con esas maneras tan “ejemplares” y que a saber (o más bien sí…) lo que serán capaces de hacer sus chicos/as el día de mañana. Si hablamos de soluciones, hay varios puntos de vista, por ejemplo, intentar educarlos como dice el gran psicólogo Chema Buceta, u otros que piensan que es mejor aislarlos, etc. Aquí que cada uno saque sus propias conclusiones, ya que el debate parece eterno.

Por desgracia, este ambiente lo vivimos constantemente cada fin de semana y en mi opinión, no es sólo que el problema no cesa, es que cada vez va a peor, así que es inevitable que todos los que nos apasiona nuestro trabajo, nos preguntemos con rabia: “¡¿A dónde vamos a llegar?!”.

Para complementar este artículo, os recomiendo este cortometraje, en el que interviene entre otros, el ex seleccionador campeón del mundo, Pepu Hernández.

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